“En la vida y en el juego no todo vale”

Dicen que el término “lealtad” proviene del latín “legalis” y que significa “respeto a la ley”. Lealtad supone respeto, sinceridad, apoyo en todo momento, cooperación, compañerismo y adhesión.

El abogado es un profesional independiente cuyo objetivo fundamental es colaborar en la defensa de la justicia y por lo tanto, de la ética, de la equidad y de la honestidad para que cada uno tenga lo que le corresponde.

Siendo así, podríamos entender como cierta la premisa de que todo abogado debería respetar la ley colaborando con la justicia y, de este modo, quizás sería lógico pensar que, un abogado debe también ser leal, hacia sus clientes y, hacia sus otros compañeros.

Pero, en la vida, no siempre todas las proposiciones son ciertas y, lo lógico, a veces se vuelve, incomprensiblemente, ilógico.

Soy abogada y, quien me conoce sabe que no me gusta perder. Soy competitiva, Pero, cuando pierdo –porque a veces en la vida no se gana-, me gusta ser generosa y reconocerle el mérito al otro, porque de las derrotas, siempre se puede aprender algo. Competir incentiva y nos ayuda a crecer. Pero no vale competir a cualquier precio. Creo en la lealtad y respeto mutuo. La competencia siempre tiene que darse desde la lealtad. La deslealtad acude a actuaciones contrarias a la buena fe y, eso empaña a todo el mundo e igualmente, a cualquier profesional.

El respeto mutuo es un sentimiento basado en la reciprocidad. Estoy acostumbrada al duelo, a negociar con compañeros de profesión en defensa de los intereses de mis clientes. Pero, nunca he perdido de vista que, ante todo, estoy negociando con otro abogado y, por lo tanto –sin perder la lealtad que le debo al cliente-, jamás debo abandonar el compañerismo, la lealtad y respeto mutuo hacia el otro abogado.

En un post anterior, ya os hablábamos de la lealtad y del respeto mutuo entre abogados, pero, de un tiempo a esta parte, me he dado cuenta de que, es cierto aquello de que no todos tenemos los mismos principios morales. De vez en cuando, te encuentras con quien no está acostumbrado al juego limpio.

A veces, aun respetar a alguien, no ves recibir de vuelta ese mismo respeto. Y, entonces, te sientes traicionado por quien, mientras te mantiene en una negociación sin fin, por detrás y, sin previa comunicación, presenta o interpone una demanda contra tu cliente sin avisar de haber roto las negociaciones o, aun habiendo cerrado un acuerdo de manera extrajudicial contigo, al ver que el Juzgado le ofrece una solución distinta a la pactada pero que le favorece más, rompe unilateralmente un pacto entre compañeros.

El código deontológico, pero, es muy claro y prohíbe, expresamente, la falta de lealtad y respeto mutuo entre abogados. Por ello, cualquier clase de inicio de procedimiento sin haber comunicado previamente la ruptura de las negociaciones con la parte contraria, podrá ser sancionado, de igual modo, que cuando no se respeta un pacto o acuerdo celebrado entre abogados.

La resolución JUS/110/2019, de 22 de enero, de modificación de la Normativa de la abogacía catalana del Consejo de los Ilustres Colegios de Abogados de Catalunya, en su artículo 29.h) indica que “una de las obligaciones del profesional de la abogacía hacia los otros abogados y abogadas es la de comunicar la cesación o la interrupción de las negociaciones extrajudiciales antes de presentar una reclamación judicial”.

La misma resolución, en su artículo 66.1.h) indica que “son infracciones profesionales graves la de no respetar un pacto o acuerdo celebrado entre abogados”.

El artículo 72.2 de la resolución JUS/110/2019, de 22 de enero, en relación a estas infracciones mencionadas, y que el artículo anterior señala como graves, establece que pueden ser objeto bien de inhabilitación profesional durante un tiempo no superior a un año o, de una multa que, para estos casos, irá de entre 1.001 euros y 5.000 euros. Y, es que, en la vida y en el juego, no todo vale.

Otras veces, la profunda competitividad que existe en mi profesión, a veces se caracteriza o materializa en comentarios o comportamientos poco acertados y, hasta incluso inoportunos. ¿Quién no se ha encontrado en alguna ocasión, ante un compañero cuya actuación en sala se hace excesiva e innecesariamente agresiva o, incluso maleducada?

El código deontológico obliga a los profesionales a evitar cualquier tipo de acción violenta contra aquellos compañeros que defiendan fines opuestos. E, incluso, obliga a evitar aquellas que puedan venir de los propios clientes.

Todavía me sorprendo cuando al acercarme en alguna ocasión a saludar al compañero contrario antes de una vista éste me niegue el saludo o se muestre parco en palabras o esquivo por tener a su cliente delante, cuando, días antes su trato era cordial conmigo.

Y, ni qué decir tiene, que no entiendo a aquellos que, mientras están en el estrado no dejan de menospreciar al compañero contrario o de aludir al mismo de forma poco acertada pero, eso sí, precediéndole siempre y sin falta de un opulento “ilustre” o de un poco convincente “siempre respetado Compañero”.

Hay quien, en el fragor de la batalla, hace suyo un conflicto ajeno. No es capaz de defender los intereses de su cliente desde el compañerismo o desde la lealtad y respeto mutuo. Incluso, en ocasiones, hay compañeros que con su actitud acaban dinamitando acuerdos que las partes estaban dispuestas a cerrar.

Me gusta ganar, sí. Pero siempre desde una competencia sana y, por supuesto en igualdad de armas y, siempre de forma justa.

Las zancadillas, la prepotencia o la falsa condescendencia con el compañero contrario y la mala fe no son piezas que encajen en el puzle de lo que yo entiendo por ejercicio leal y de respeto mutuo de mi profesión.

Cada vez que en nuestro ejercicio profesional nos encontremos ante situaciones contrarias al código deontológico de la abogacía, deberíamos ser capaces de denunciar esa situación ante la comisión deontológica del colegio de abogados correspondiente porque, en la vida y en el juego, no todo vale.

Albert Einstein decía que “tienes que aprenderte las reglas del juego y, después, has de jugar mejor que cualquier otro”. Pero, para jugar mejor que los demás no hay que romper las reglas, sino aprender a equivocarse desde la lealtad y el respeto mutuo.

 

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