Suena el teléfono. Me pasan una llamada urgente. Han encontrado a un cliente a quien Guardia Urbana buscaba desde hacía días por orden judicial para realizar un internamiento involuntario autorizado por el Juez. Lo encuentran sano y salvo y lo derivan a los servicios de psiquiatría de un hospital de mi ciudad.

Al colgar el teléfono, me invade un sentimiento agridulce. Por un lado me siento tranquila y aliviada al saber que, tras la incertidumbre de los días pasados, lo han encontrado en buen estado –su familia ahora descansa ya calmada, a la espera de que se active el procedimiento judicial sobre capacidad– pero, por otro lado, mi mente no deja de darle vueltas a un pensamiento: “la vida es puro azar”.

Nunca sabemos lo que puede pasar. Desde que nacemos, vivimos teniendo una única certeza y esa no es otra que, la de que un día y, menos mal que incierto, moriremos.  Todo lo demás, para todos, es absolutamente ignorado y desconocido.

Hablamos de tener suerte, de estar predestinados o de tener un destino marcado. Todos buscamos fortuna, la buena ventura. Seguimos consejos para atraerla, nos colgamos cualquier amuleto que se precie pero, si la suerte, tal y como la define la Real Academia de la Lengua Española es “la circunstancia de ser, por mera casualidad, favorable o adverso a alguien o a algo que ocurre o sucede”, quizás, la suerte, entendida como tal, es puro azar. El mismo que utilizaba la diosa “Tyche” cuando decidía, aleatoriamente, junto a su ayudante -el Dios “Pluto”-, cuál sería la suerte de cualquier mortal. Ella, con su pelota disponía sobre el destino ajeno mediante un juego: si el balón quedaba arriba, aquél mortal tendría suerte, pero si la pelota se caía, viviría en la desdicha. Sus decisiones eran caprichosas y teñían de gran inseguridad a quiénes habitaban en el Monte Olimpo.

La vida es una montaña rusa y, un día nos sube hasta arriba y, al siguiente, sin más, nos deja caer con una sobredosis de chocante adrenalina.  Dicen que, “a quien hoy se encuentra arriba y no reconoce lo aleatorio de su posición privilegiada, pronto le castigará Némesis, la venganza, compañera inseparable de la fortuna”.

Pero, soy más de reconciliación, perdón u olvido que, de represalia, desafío o venganza. Soy más partidaria de hablar de una justicia retributiva o del principio de proporcionalidad, incluso, que de una justicia que se pueda aplicar de la mano de revancha. Pero, si me lo permitís, la vida no es proporcional y,  muchas veces, tampoco parece que sea justa.

Hay quien osa a decir que “la vida que cada uno tiene depende de sus elecciones y/o decisiones” y, es cierto que en la vida hay ciertos aspectos en los que puedes tomar partido pero, todos estaremos de acuerdo en que, la mayoría de circunstancias no se eligen. ¿Quién ha elegido a sus padres, o el lugar dónde ha nacido? ¿Quién ha escogido sus genes? ¿Qué puede haber decidido un hombre a quien, de repente, un día cualquiera de su maravilloso mundo, su mente le hace un clic y deja de acompañarle desde la razón y la cordura? ¿Acaso dejó de tomar la decisión correcta? Evidentemente no.

Quizás, en todo caso, la suertegenética o circunstancial-, es la que decide.

Y, así, sin más, un día cualquiera, mientras Juan lee su periódico diario, entra en cólera, y pasa a creerse un espía ruso mientras en el salón de su casa, su esposa e hijas le contemplan asustadas y sin entender nada. O, Ángela, una joven esposa con mil y una ilusión por ser madre que, de repente, se encuentra anclada en los años ochenta y siente que solo tiene ganas de socializar en locales con desconocidos a quienes les cuenta lo importante y conocida que es en la “movida madrileña”. Teresa, que aun tener cuarenta años, vive en unos eternos dieciocho y escapa continuamente de casa para conocer  cada día un amor distinto que borra de su mente al día siguiente. O Manuela, de Málaga, que a sus cincuenta años, un día, se vio hablando en un gracioso inglés, dice que americano, por haber nacido en California y que, según ella, utilizaba para despistar y poder huir de los Servicios de Inteligencia.

Nadie toma una mala decisión y por ello deja de recordar quién es o cómo se llaman sus hijos u olvida los besos y caricias que le brindan en su familia. Nadie se equivoca y por ello olvida. La suerte, la del azar, no la puedes controlar, no depende de ti. No puedes hacer nada. Solo cabe afrontarla.

Aparentemente, todos nacemos jurídicamente iguales. Desde nuestro nacimiento, todas las personas tenemos la capacidad jurídica o aptitud para ser sujetos de derechos y obligaciones. Incluso el “nasciturus”-los concebidos y no nacidos– tienen capacidad jurídica para aquellos actos que les sean favorables. Pero, y aquí viene la diferencia: tener capacidad jurídica no implica poder tener capacidad de obrar.

De forma general, hasta que no tenemos la mayoría de edad, no tenemos capacidad de obrar. Hasta ese momento, nuestros padres, mediante la patria potestad nos la completan. A partir de los 18 años, se tiene capacidad de obrar y ningún impedimento para realizar todos los actos jurídicos que se deseen. Incluso si un menor se emancipara de sus padres, y por tanto, se extinguiera antes de los 18 años la patria potestad, también tendrían aptitud para ser titular de ciertos derechos, pero seguirá necesitando el consentimiento de sus padres o tutores para la realización de algunos actos jurídicos determinados.

Pero, ¿qué pasa con la capacidad de obrar de Juan, Ángela, Teresa o Manuela entre otros muchos? ¿Pueden tener capacidad plena? ¿No sería mejor que, quizás, mediante una decisión judicial se les proteja?

El Alzheimer o algunas enfermedades mentales como la demencia, el trastorno bipolar, la esquizofrenia, o incluso toxicomanías, alcoholismo o bulimias, pueden provocar que el sujeto no pueda gobernarse y valerse por sí mismo, por lo que, hay personas que, no pueden ser titulares de derechos. Será necesario que se proceda a su incapacitación judicial como única alternativa para poder ofrecerles protección y ayuda frente a terceros que quieran o puedan sacar tajada o aprovecharse de su indefensa y vulnerable situación.

Los procedimientos de incapacitación son duros y normalmente tienen una carga emocional complicada. Pocas veces atiendes en tu despacho o tratas con el presunto incapaz directamente. Lo normal en estos asuntos es tratar con los familiares directos o cercanos, si los hay, o con trabajadores sociales y médicos. Las familias, generalmente, llevan años intentando lidiar con el enfermo. Muchas veces, incluso, la vergüenza –por vivir situaciones socialmente poco aceptadas o diferentes– les hacen esconder, en una aparente normalidad, situaciones de sus seres queridos que hacen altamente complicada una relación familiar pacífica de convivencia.

Hay veces en que los familiares se sienten culpables al ver que, su única opción, para poder proteger a sus seres queridos, es la de buscar ayuda judicial para que se proceda a la incapacitación de sus padres, hijos, abuelos, y otros parientes cercanos. No es fácil. Aquella persona que una vez fue guía, referente, o simplemente contaba con mil y un sueños y esperanzas, deja de ser quien fue. Su mente hace “clic” y se apaga o se convierte en alguien que, aunque nos resulte extraño, atrapa en su interior a esa persona que nos es querida y amada.

Aunque nuestro ser continúe teniendo capacidad jurídica, no tiene capacidad de obrar. No sabe lo que hace, ni es consciente de lo que dice o no puede decidir sobre  sí mismo. Cualquiera en esa circunstancia le puede dañar. Se convierte en un ser vulnerable y, es nuestro deber protegerle para que nadie se pueda aprovechar de su inocencia.

La capacidad de una persona se presume siempre y mientras no haya una Sentencia que diga lo contrario.  Los procedimientos de incapacitación cumplen con todo el rigor. Limitar la capacidad de obrar de una persona es algo que le exige a todo Juez cumplir con todas las garantías del procedimiento. El Juez debe asegurarse de la veracidad de lo expuesto dando audiencia al presunto incapaz –mediante una exploración judicial-, así como a los parientes más próximos, para poderles escuchar y éstos se puedan expresar.

No se puede solicitar la incapacitación por cualquier causa y, para que prospere, la ley exige que se den ciertos requisitos que son absolutamente necesarios: La persona presunta incapaz debe tener imposibilidad para autogobernase –su enfermedad le debe impedir poder tomar decisiones en su propio beneficio-. Y, esa imposibilidad de autogobierno debe ser persistente: ha de tener cierta continuidad o permanencia. Es decir, no se puede solicitar una incapacitación por un único episodio. Siempre hay que aportar informes médicos que, serán fundamentales para valorar si la persona puede o no valerse por sí misma.

Tampoco es necesario que sea una enfermedad incurable. Es posible declarar a una persona incapaz, pero, tiempo después, si su situación mejora, se puede instar un nuevo procedimiento para modificar la declaración de incapacidad y solicitar que la misma se restablezca de nuevo.

Dependiendo de si la declaración de incapacidad es plena o parcial, para completar la misma, el Juez nombrará un tutor, curador, o incluso podría acordar prorrogar la patria potestad de los padres para que continúen haciéndose cargo de sus hijos. Cualquiera de ellos deberá siempre velar por el incapaz. Pero, además, el tutor ha de  rendir cuentas al Juzgado anualmente presentando la cuenta justificada de la gestión del patrimonio del incapacitado.

Los procedimientos de declaración de incapacidad nunca son agradables y muchas veces, se eternizan tanto que, entre papeles y burocracia, desgraciadamente, el presunto incapaz perece.

Parece claro, pues, que la buena suerte la creas tú, con tu actitud y forma de ver la vida, pero, indudablemente, la suerte, la del azar, no la puedes controlar. No depende de ti.

Juan, Ángela, Teresa o Manuela entre otros muchos, personas que hasta entonces habían vivido a su suerte, el azar –un día cualquiera de sus elegidas vidas– les sacudió y agitó su mente. Ya nada sería como siempre. Pero, aun así, continuamente podrán elegir tener buena suerte porque, como decía Hellen Keller -escritora y activista política estadounidense y sordociega- “en el maravilloso reino de tu mente, puedes y debes buscar ser tan libre como los demás”.

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