Verás, el mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revólver cargado y los que cavan. 

Tú cavas”.

Aunque lo parezca, este artículo no va sobre el famoso “spaghetti western”, pero sí que muchas veces en mi ejercicio profesional pienso en lo contundente de la frase que Clint Eastwood le decía a Tuco mientras disparaba su revolver al aire sujetando su humeante cigarrillo.

Y es que, en nuestra profesión, como en los “westerns” quien tiene la preparación necesaria, quien tiene el revólver cargado, probablemente tendrá mayores oportunidades para vencer. 

Pero, la probabilidad siempre deja un grado a la incertidumbre y, es ahí donde los abogados, aún habernos preparado y tener nuestros revólveres bien cargados y con la mejor munición para cuando surjan riesgos, sin saberlo, al pensar en esa probabilidad, le damos cabida a la oportunidad de poder perder en nuestro duelo a fuego cruzado con la contraparte.

Y es que, aún no ser muy fan de los “westerns”, siempre he pensado que en el ejercicio del derecho, muchas son las veces en las que nos encontramos con gran parte de los tipos o connotaciones que ofrece el cine del Oeste. En nuestros pleitos existen dilemas morales, nos encontramos con héroes rebeldes, hay personajes cabezotas que nunca se rinden. También hay buenos, malos, venganzas infinitas, historias olvidadas, de amistad e incluso, también existe a veces algo de violencia y de amor. 

En la famosa película de “El Bueno, El Feo y El Malo”, tres hombres bastante violentos pelean por una caja escondida durante la Guerra Civil que contiene 200.000 dólares, pero solamente podrán hacerse con el botín si colaboran entre ellos y dejan de odiarse.

Viendo la trama, seguro que todos pensamos que, sin lugar a dudas, esta sería siempre la forma más lógica de dar con la solución de cuantos problemas llegan a nuestros despachos: colaborar y negociar entre las partes en conflicto para poder obtener una solución consensuada que beneficie y aúne los intereses de todos. De hecho, siempre se dice que un buen acuerdo es mejor que cualquier pleito. 

Pero, aunque la mayoría de letrados y letradas, intentamos siempre primero cualquier vía de solución amistosa para evitar pleitos, en la práctica, no siempre es posible y, es entonces – en el momento en que los asuntos acaban judicializándose– cuando al leer nuestros guiones siempre en el reparto aparecen los mismos actores protagonistas: “el bueno, el feo y el malo”.

Puede resultar curioso, pero “el bueno” normalmente y siempre será tu cliente. Se trate del asunto que sea, siempre tu cliente y sin pasar por ninguna criba o “casting” se hace con el papel de “el bueno” y, de hecho, la mayor parte de las veces, en apariencia lo es, pues, le deben algún dinero, no aguanta más en su matrimonio y se quiere divorciar, la otra parte incumple con el contrato o acuerdo alcanzado, etc. 

Entre tu cliente y tú se genera una relación de confianza y entendimiento. Sintonizas con él de forma sutil y profunda. Le haces sentir que le comprendes y de esa manera, entre ambos, surge una comunicación de confianza efectiva. Sintonizáis. 

Pero, aun así, siempre has de recordar que la mitad de la verdad del asunto, se esconde en la versión del contrario. Cada parte en un pleito tiene su verdad. Los asuntos, no son blancos o negros. Raramente el cliente tiene toda la razón. Por eso, debes hacerle ver qué hechos de los que te relata, son importantes o relevantes para la defensa de sus intereses y cuáles no. 

De ese modo, el cliente tendrá claros tus criterios. Hay que centrar el problema jurídico: definir el perfil legal del asunto y sus implicaciones para que el cliente lo entienda y colabore contigo aportándote información jurídicamente relevante. 

Tu cliente ha de saber que en todo pleito siempre existe la posibilidad de ganar, pero también de perder, porque en el “western judicial” los jueces muchas veces son quiénes tienen el papel protagonista, y aunque les toca “bailar con la más fea“ están obligados a tomar cualquier decisión por incómoda que sea, cómo hacía Eli Wallach, en su papel del “Tuco”.

El malo” siempre es el contrario. Para “cargar tu revolver” es importante aprender a detectar la mitad de la verdad de la otra parte. De la verdad del contrario, es de donde hay que extraer los hechos que nuestro cliente no ha contado. Si no lo averiguas antes del juicio y, es allí donde el contrario pone de manifiesto su verdad, no irás preparado y, en lugar de ser de los que llevan el “revólver cargado” serás de los que “caven”, porque las sorpresas de este tipo en un juicio siempre llevan al fracaso.

Hay que valorar y estudiar cualquier estrategia posible en todo procedimiento. Sólo así podremos salir victoriosos. Sólo así, iremos con nuestros revólveres cargados de estrategias. Sólo así iremos preparados. 

Pero, como he dicho antes, en todo duelo, aun ir preparado, aun contar con una buena estrategia, ser ágil, hábil, aún tener una buena técnica, siempre aparece la probabilidad y casualidad de ser abatido en duelo, porque si no tienes la capacidad de convencer en sala con tus argumentos y prueba al Juez, aun tu preparación, puede ser que al final pierdas, e incluso, que aun ganando no te den toda la razón.

Por eso, que “El Bueno” gane es importante, pero que sepa perder también lo es. Cuando has enfocado bien tu estrategia desde el inicio de un pleito, ganar parece que debe ser el resultado: es lo que toca. Pero, quizás, y por eso, porque entiendes que es lo que debe ser, ganar te gratifica por ser recompensa a un trabajo que se presupone bien hecho, pero no te desestabiliza. 

En cambio, perder, afecta e incluso, angustia y golpea el ego. Perder te deshincha, porque todo tu esfuerzo y lucha durante el procedimiento no se ha entendido o interpretado según lo pretendido.

Cuando sales de un juicio, tienes tu percepción e intuiciones sobre el mismo. Pero, sea cual sea tu presentimiento, cuando aparece en tu bandeja de entrada un nuevo e-mail y ves que el emisor es tu procurador@ con la notificación de la sentencia, siempre sientes un nudo en el estómago. Ese momento requiere de toda tu atención y ceremonia. 

Cada letrad@ tiene sus manías: algunos prefieren leer fundamento de derecho a fundamento hasta llegar al fallo y, otros –entre los que me incluyo-, más impacientes, preferimos ir directos al fallo y, una vez conocedores de si somos vencedores o vencidos, profundizar entonces en los razonamientos jurídicos y reafirmarnos en aquéllos que nos dan la razón y, comprobar la veracidad o no de aquéllos otros que nos alejan de la misma o nos la quitan.

Ganar y perder es, ante todo, una lección de vida. Saber disfrutar de los triunfos y aprender a aceptar las derrotas es vital, como también lo es aprender a decidir o discernir si la decisión judicial es ajustada a derecho o no. 

Puesto que cuando nos bajemos de ese tobogán de emociones que provoca la lectura de cualquier sentencia en la que hayamos sido parte, deberemos tener claro si en este caso, el Juez, que ha actuado en este “western” como “El Feo”, ha fallado de manera certera o no para así poderle dar traslado al cliente –quien se consideraba protagonista en su papel de “El Bueno”- de la decisión judicial y, ver si es posible y viable recurrir o no esa sentencia para que, o bien se le confirme en su papel protagonista o, por el contrario “El Bueno” muera en duelo abatido por un “Malo” que, al final, parece que ha sabido hacer valer su realidad. 

Y es que, “Otro vendrá que a mi bueno me hará”, porque, “ni los malos son tan malos, ni los buenos son tan buenos”, pues cada uno tiene su parte de verdad en la película judicial de este viejo, pero siempre presente, Oeste.

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