Algo así decía Joaquín Sabina en su “Yo te espero en Atocha” dedicada a Madrid. Y, es que, toda ciudad vive de su luz, pero también de sus sombras. En las ciudades se mezclan culturas, se brindan relaciones y entrelazan negocios. Se desatan pasiones y se abrazan oportunidades, pero también se pasean envidias, se ruegan necesidades y se luchan suertes y derechos.

Las ciudades nunca duermen y, en ellas, las gentes van y vienen, los sueños se realizan, concretan o desengañan, pero, sobre todo hay que tener en cuenta que, en las ciudades siempre hay avenidas, calles, callejuelas y callejones, con y, a veces, incluso sin salida. Y lo mismo le sucede a mi ciudad, Barcelona.

Son las ocho de la mañana, hace frío, la ciudad duerme y yo camino despacio, observando a derecha e izquierda de una calle estrecha y poco iluminada. Me dirijo con paso lento e inseguro hacia una esperada justicia que hasta la fecha, se ha presentado lenta y totalmente incierta.

Al doblar la esquina me espera puntual María, una mujer de ochenta años que lucha, desde hace casi dos, con burocracias infinitas y con una ley vacía por recuperar la posesión de su vivienda.

Avanzamos un poco y vemos una gran pancarta que viste de arriba a abajo el edificio. En ella hay algo escrito y María, me pide que le lea lo que dice: “Todos con Juan y Amaia. Son del barrio. Ellos no se mueven”.

A los pies del edificio un grupo de personas con camisetas de colores entonan cánticos y cantinelas en apoyo a los que dicen ahora son sus vecinos. Mientras, nosotras dos, por precaución, nos quedamos a unos metros, apartadas, a la espera de que lleguen los Mossos y los funcionarios del Juzgado para poder proceder al lanzamiento.

A las 8.30h, hora prevista, aparecen un par de furgones de los Mossos y, a los pocos segundos, un taxi de donde bajan los funcionarios del servicio del SAC de los Juzgados. Nos reconocemos con la mirada y nos saludamos acercándonos a ellos. La policía nos hace quedarnos en nuestra posición con los funcionarios del Juzgado e intentan hacer una primera aproximación hacia el edificio que se encuentra rodeado por un grupo de no muchas personas pero muy alborotadoras. Los vecinos del resto de edificios salen curiosos a sus ventanas y balcones alertados por el vocerío.

El bullicio se anima ante el paso firme de los Mossos y cada vez entonan con más energía e insolencia sus consignas: “un desalojo, una okupación”, “ellos tienen derecho a techo”, “Todos con Juan y Amaia. Ellos son del barrio y no se mueven”.

Cada vez esos cánticos suenan más fuerte y, sin quererlo, poco a poco, van punzando el corazón de María y atraviesan el eco que me retumba en el silencio de mi, en ese momento, herida vocación. Pero, ¿cómo consuelo a María, que se siente profundamente agraviada y ultrajada?

Sin darme apenas cuenta, María se pierde, desaparece. Los funcionarios y yo interrumpimos nuestra charla y buscamos con la mirada en derredor pero sin ver nada. Finalmente, mis ojos descansan en María. Allí está, inclinada sobre un joven que no debe tener más de veinte años y que, con las manos en alto le hace un gesto de no querer saber nada. Corro hacia María y la rodeo con mi brazo para hacer que dé un paso atrás y venga conmigo. Pero María, junto a mí y con sus ojos empañados en lágrimas se para, y frente a todo el bullicio, suelta un desgarrador chillido que reclama un claro “basta”. Todos se vuelven hacia María y la confusión, entonces, se torna en silencio.

Hasta ese momento, nadie la escuchaba. Pero ella no juzga. Ella solo quiere recuperar lo que es suyo. Si bien es cierto que toda ciudad tiene luces y sombras, también lo es que en las personas las luces y las sombran habitan en nuestro interior. Son la lucha entre lo que reconocemos y lo que evitamos, lo que admitimos y lo que ignoramos. La aceptación de nuestras sombras puede implicar dolor, pero también implica evolución. Es cierto que estamos programados, desde pequeños, para esconder los fracasos, la desesperación y lo negativo de nuestras vidas.

A nadie le gusta, como presumo evidente, no contar con medios suficientes para poder optar a una vivienda. La necesidad siempre aprieta. En un mundo ideal todos deberíamos contar con las mismas oportunidades. Pero desgraciadamente la realidad es otra. Y, aunque sea así, nadie tiene el derecho a tomarse la justicia por su mano y mucho menos cuando se hace vulnerando la libertad y derechos de los demás. Todos sabemos que el movimiento Okupa se inicia, en muchas ocasiones, como una respuesta claramente ideológica de movimientos antiglobalización frente a valores tradicionales de la sociedad capitalista, como es el de la propiedad privada, a la que ataca frontalmente con sus actuaciones. PERO, ¿qué culpa tiene un propietario de a pie de que el sistema sea el que es?

El propietario compra su inmueble, paga impuestos y se ocupa de cualquiera de sus gastos. Puede decidir habitar en la vivienda, tenerla arrendada, o incluso, dejarla vacía y con ella no hacer nada. Y, eso, no es motivo suficiente para que alguien diga que, como está vacía, no es de nadie y que por tanto, por la fuerza, se apodere de la misma conculcando todos los derechos del titular. Todo el mundo tiene derechos pero no es posible que algunos decidan de forma injusta y egoísta privar sin más de ellos a otros.

Tras el discurso de María y dado lo insólito de la situación, la emoción y sentimiento en las palabras de aquella tierna anciana lo enmudecieron todo. Poco a poco, en silencio, se abrió un pasillo de arrepentimiento hacia la vivienda. Juan y Amaia bajaron cabizbajos con maletas y aperos. El silencio se rompió en aplausos. María se acercó a ellos y, tras unos segundos de vergüenzas encogidas, los tres se fundieron en un sincero abrazo. María recuperó la posesión de la vivienda y Juan y Amaia entendieron que debían volver al domicilio de sus padres mientras Servicios Sociales les pudiesen ayudar a dar una solución a su situación.

Esta es una de las mil y una historias que pasan cada día en mi ciudad, en alguna de esas callejuelas o callejones que a veces, aunque parece que no, sí tienen o muestran una salida.

La ocupación es, en derecho civil, un modo de adquirir la propiedad de las cosas que carecen de dueño y consiste en su aprehensión material unida al ánimo de adquirir el dominio: pasan a ser de otro por el solo hecho de ocuparlas. PERO, ¿qué pasa cuando se ocupa un bien que sí tiene dueño?

El artículo 33 de la constitución española (CE) reconoce el derecho a la propiedad privada y a la herencia. El mismo artículo, en su punto tercero establece que “nadie podrá ser privado de sus bienes y derechos sino por causa justificada de utilidad pública o interés social, mediante la correspondiente indemnización y de conformidad con lo dispuesto por las leyes”.

Pues, claramente, algunos no han comprendido el precepto de la ley y, en una cuestionada interpretación de la Constitución, ocupan viviendas ajenas que sí tienen propietario y, es más, piden sorprendentemente una indemnización para irse y devolver la posesión a su dueño. El mundo al revés. Y, parece que en esta ciudad que, a veces, amanece sin ley, ahora todo vale.

Aunque el art. 47 de la CE establezca que “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”, nadie otorga derecho a nadie para apropiarse de los bienes ajenos y que son propiedad de otros.

Sin duda, el hecho de que la Ley no estableciese en ninguno de sus preceptos el concepto de “precario”, ha hecho que, se hayan dado casos de verdadera abusividad hasta que por fin, la jurisprudencia ha podido acotar su definición con mayor o menor certeza. Se dice que “precario”, es la situación de hecho que implica utilizar un bien ajeno de manera gratuita, sin pagar renta, a alguien que no tiene justo título para poder tener el bien y por tanto, cuya posesión jurídica no le corresponde.

¿Qué puede hacer judicialmente un propietario al que le han ocupado un bien inmueble para poder recuperar su posesión? Interponer una demanda de desahucio por precario. Pero, solamente se podrá interponer la misma en caso de que se den dos requisitos indispensables: que el actor – quien interpone la demanda–  ostente el título de dueño u otro que les legitime a tener la posesión real del inmueble y, además, que el demandado, esté ocupando el inmueble sin ningún título que le legitime por mera ignorancia o tolerancia de su dueño o poseedor.

Los juicios de desahucio se sustancian por los trámites del juicio verbal. En ellos, el demandante deberá probar que es el dueño del inmueble y que el demandado está ocupando la vivienda sin un título que le legitime por lo que, se necesita recuperar su posesión. Mientras, el demandado será quien tenga que probar que tiene la cosa en virtud de un título que lo justifica. Una vez celebrado el juicio el Juez dictará sentencia y, con la misma, se pone fin al procedimiento porque genera efectos de cosa juzgada.

Si la sentencia determina que el ocupante no tiene derecho a habitar el inmueble, le dará el plazo de un mes para desalojar voluntariamente la vivienda y, en caso de que no sea desalojada de manera voluntaria, el actor podrá ejecutar la misma para que se decrete fecha para el lanzamiento de los ocupantes del inmueble.

Sin duda, en los últimos tiempos, las ocupaciones han aumentado considerablemente. Existe todo un negocio alrededor de la ocupación: empresas de alarmas anti-okupas, puertas anti-okupas, e incluso empresas que desalojan a okupas. Es absolutamente vergonzoso y bochornoso entrar en internet y encontrar en Google el “manual de okupación”, en el que se explica sin contemplaciones para todo aquél que lo precise, como romper bombines, forzar entradas u ocupar viviendas sin que se les pueda echar fácilmente por la propiedad o por la fuerza pública.

Y es que, vivimos en un sistema que permite que el okupa se erija como mártir. Normalmente conoce a la perfección los agujeros de la ley. Va un paso muy por delante. Antes de instalarse en una vivienda determinada analiza la situación de ésta mediante la información pública que ofrece el Registro de la Propiedad. Normalmente, además, mejora las viviendas que okupa, para indicar que buscaba un espacio habitable. Incluso se envía el correo al domicilio días antes de ocuparlo, para que, cuando la policía acuda pueda alegar que llevaba tiempo habitando en la morada. Se autodenuncia para decir ante la autoridades que hace días que está ocupando la vivienda para evitar así el desalojo directo que puede tener lugar por las autoridades policiales dentro de las primeras 48 horas del allanamiento. A partir de ese tiempo ya es necesaria una orden judicial y tal y como funciona la justicia el okupa consigue lo que necesita: tiempo y el propietario pierde su paciencia y en la desesperación su aliento.

Si realmente la ocupación es un problema que atañe a la necesidad social, sin duda la solución debe ofrecerse desde una esfera pública y nunca desde la privada, puesto que entonces se conculcan los derechos del legítimo propietario, del que ha conseguido acceder a una propiedad privada con esfuerzo, valor y sacrificio.

No dejemos que la ocupación tiña de sombras nuestra ciudad de resplandecientes luces. Dejemos de situar a los propietarios en una situación de clara inferioridad y debilidad frente a quienes usurpan su vivienda.  Pidamos que la ley cambie y que los procesos judiciales dejen de dilatarse para poder proteger al propietario a quien también la Constitución española le reconoce el derecho a que nadie pueda violar su domicilio.

Dejémonos de formalismos y retrasos que no hacen más que ahondar en las sombras de callejones oscuros y sin salida que, en absoluto, deberían existir en nuestras legítimas y justas ciudades de luz. Dejemos de darle tregua a la picaresca de algunos otorgándoles tiempo de tenencia y posesión de aquello que, en realidad,  les es ajeno y, aun así, lo utilizan para sacar provecho.

Porque, volviendo a la canción del gran Sabina, “aunque siempre haya un barco que naufrague, también siempre habrá sueños que despierten” y vuelos que nos retornen a nuevos tiempos y oportunidades. Todos tenemos la oportunidad de cambio y de transformación. Nadie puede hacer el bien mientras hace daño a otro y, ocupando un bien ajeno, dañas, como es lógico, al legítimo propietario y, ello es algo que en justicia, no se puede permitir, puesto que: el derecho consiste en tres principios básicos: “vivir honestamente, no dañar a los demás y en dar a cada uno lo suyo. Es el arte de lo bueno y de lo equitativo”.

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